2010-09-18
PARÍS – En los días 20 a 22 de septiembre, los dirigentes mundiales se reunirán en Nueva York para alentar los avances con vistas a la consecución de los objetivos de desarrollo del Milenio (ODM) de las Naciones Unidas, un conjunto de ocho objetivos que van de la erradicación de la pobreza extrema y el hambre a la reducción de la mortalidad infantil, pasando por la enseñanza primaria universal, y que se deben alcanzar en 2015. El propósito de la cumbre es el de hacer balance de los éxitos y los fracasos y pasar a formular “estrategias concretas para la adopción de medidas”, pero esta cumbre haría un gran servicio al mundo entero al reconocer lo que ha salido tal mal en relación con los ODM y elegir un planteamiento radicalmente distinto.
Los ODM, tal como están concebidos actualmente, abordan los síntomas de pobreza y subdesarrollo, pero la mayoría de ellos pasan por alto las causas profundas. Señalan a la atención 18 metas en total, aquellas sobre las que resulta más fácil compilar datos, pero a consecuencia de ello los ODM pueden distraer la atención de los mecanismos que producen el subdesarrollo: como el hombre bebido que busca sus llaves bajo el solitario farol de la calle, porque allí hay mejor luz.
En lugar de prometer apoyo a los objetivos humanitarios y lanzar dinero sobre los síntomas de la pobreza, los países ricos deben reconocer la urgencia de la eliminación de los obstáculos al desarrollo que tienen capacidad para abordar. Por ejemplo, todos los años los países en desarrollo pierden 124.000 millones de dólares de ingresos correspondientes a activos depositados en paraísos fiscales en el extranjero. Al no cerrar dichos paraísos fiscales, fomentamos activamente que las minorías dominantes y corruptas de esos países sigan engañando a sus poblaciones.
Además, el sistema actual de comercio internacional es profundamente injusto: expone a los países en desarrollo a una competencia desleal y disuade la diversificación de sus economías. Dichos países afrontan una carga de deuda externa –calculada en unos 500.000 millones de dólares en el caso de los países pobres– que resulta, sencillamente, incompatible con la persecución de los objetivos de desarrollo.
Abordar esas cuestiones es decisivo para que se pueda tener éxito en la consecución de los objetivos de desarrollo. Sin embargo, aunque el objetivo 8 es el de lograr una alianza mundial para el desarrollo y, aunque se han logrado algunos avances sobre la cuestión de la deuda, se ha hecho demasiado poco, en realidad, para dar un significado concreto a esa iniciativa.
Otra importante deficiencia de los ODM es la de que no reconozcan los derechos humanos como esenciales para cualquier estrategia de desarrollo sostenible, pero los derechos humanos no son sólo símbolos, sino también instrumentos. Son valiosos, porque son operativos.
Los 1.000 millones de personas hambrientas del mundo no deben ser objeto de caridad: tienen el derecho humano a alimentos suficientes y los gobiernos tienen los deberes correspondientes, consagrados en las normas internacionales sobre los derechos humanos. Se debe pedir a los gobiernos que se tomen en serio la tarea de lograr avances con vistas a la consecución de los objetivos de desarrollo que aprueben un marco legislativo para hacer realidad derechos económicos y sociales, como, por ejemplo, el derecho a la alimentación y el derecho a la atención de salud.
Mediante un proceso participativo en el que intervenga la sociedad civil se debe formular ese marco, que debe determinar qué medidas se deben adoptar, quién debe hacerlo, con qué calendario y con qué recursos. Se debe considerar titulares de derechos a los beneficiarios de dichas medidas.
Se deben crear mecanismos de rendición de cuentas, que permitan a las víctimas considerar responsables a los gobiernos que no adopten medidas. Así se elimina el estigma de la caridad y se concede poder a las víctimas. En lugar de recibir ayuda porque tienen necesidades no satisfechas, se les conceden remedios porque se están violando sus derechos.
El marco debe comprender también un requisito de no discriminación para velar por que centremos nuestra atención en los grupos más vulnerables y no sólo en los mejor conectados, los alfabetizados y los favoritos del régimen, ni tampoco sólo en grupos con los que se puedan obtener éxitos rápidos.
Como se debe garantizar la participación en el proceso, las personas a las que deseemos apoyar colaborarán en la concepción y la mejora de los sistemas destinados a prestarles servicio. Pasan a ser protagonistas en lugar de receptores pasivos de la ayuda, gracias a lo cual esta última resulta más eficaz.
Todas las revoluciones democráticas comienzan con los derechos humanos. La cumbre sobre los ODM va a desaprovechar una oportunidad para iniciar esa revolución tan necesaria también para nuestra comprensión del desarrollo económico.
Olivier De Schutter es el Relator Especial de las Naciones Unidas sobre el derecho a la alimentación.
Copyright: Project Syndicate, 2010.
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Traducido del inglés por Carlos Manzano.
